domingo, 31 de enero de 2010

Viaje navideño (1/5) - Malasia: Kuala Lumpur

Las Torres Petronas, símbolo de Kuala Lumpur.

El viaje de estas navidades me llevó a visitar tres países, dos en los que no había estado nunca (Malasia e Indonesia), y otro al que volvía tan solo un año después: Camboya. Siempre es un placer volver a este último país, pero también toca considerablemente la moral tener que pagar 20 dólares para entrar y 25 para salir. Lo del visado para entrar tiene un pase, pero que el pasajero tenga que apoquinar los "costes de servicio del aeropuerto"... Si vais a Vietnam, Indonesia o Camboya, aseguraos de no gastar como sea todo el dinero disponible en efectivo, porque en estos tres países hay que pagar al entrar y al salir.


El primer país que visitamos fue Malasia, del que dice Cristina Candel:
Podría decirse que Malasia es un país atípico dentro del sudeste asiático. Un país que comparte con sus vecinos esa amabilidad y esa belleza que sólo sabe dar oriente, que goza de innumerables maravillas naturales, que esconde entre su pasado un rico saber cultural y que, además, ha sabido sostener el desarrollo económico y conservar la estabilidad política. El resultado: una nación próspera y rica.

No podría estar más de acuerdo, salvo la pequeña puntualización de que la amabilidad cuenta con una notoria excepción, los taxistas, los cuales se niegan a usar o siquiera encender el taxímetro, por mucho que les ruegues. También utilizan la técnica de dejar un paño encima para que no se vea lo que marca.

Desde luego, en el análisis político-económico, Malasia supera con creces a los demás países del sureste asiático. En esta sociedad multicultural conviven malayos, chinos e indios, además de otras minorías y tribus indígenas. Su renombre como célebre centro de intercambio comercial asiático le viene desde los tiempos dorados de Malaca, cuya ciudad tocaya visitamos posteriormente. Malasia tiene desde la selva tropical más agreste a la metrópoli más ultramoderna y voraginosa.

En la Plaza Merdeka, con las Torres Petronas y la Torre KL al fondo.

El envidiable equilibrio que reina en este país tan multicultural me recuerda a Bélgica, en el sentido de que, mientras hay bienestar y riqueza, no hay tensiones que valgan. Estamos hablando de un país oficialmente musulmán (religión que practica el 60% de la población), pero con un considerable número de budistas, cristianos, hinduistas y practicantes de la religión tradicional china. Un crisol más formidable que el belga, con valones y flamencos profundamente divididos, fundamentalmente por la lengua (lo cual no deja de ser triste para un traductor). En el caso de Bélgica, el bienestar reinante hasta ahora ha mantenido apagada la llama de la rebelión.


Malasia es, al igual que España, una monarquía constitucional en el que el capitalismo ha inclinado la balanza a su favor como sistema reinante. Uno no puede evitar establecer una relación entre el progreso económico y social de un país según la dualidad capitalismo-comunismo. En el bando comunista están Camboya, Vietnam y China. El primero de ellos sigue siendo un país muy pobre, los dos siguientes son países esencialmente comunistas con prácticas capitalistas en lo que a economía se refiere. Sin embargo, el comunismo más cerrado a nivel político se mantiene especialmente en China, con ejemplos tan recientes como la encarcelación de Liu Xiaobo. Es un largo debate en el que no hay buenos ni malos teóricos, solo pésimos ejecutores, y tampoco hay espacio aquí como para divagar al respecto.


Kuala Lumpur es la capital de Malasia, y probablemente las Torres Petronas sean su símbolo más emblemático y representativo. Si subiste a ellas entre 1998 y 2003, puedes afirmar con orgullo que estuviste en el edificio más alto del mundo, ya que después fue superado por Taipei 101, y este a su vez por el Burj Khalifa. Una vez construido el One World Trade Center de Nueva York y el Pentomimium de Dubai, dejarán el último escalón de este singular podio para pasar a ocupar el quinto puesto. Por supuesto, al lado de la torre no puede faltar el parquecito y el centro comercial, con precios bastante diversos a los que suele pagar el malayo de a pie.


La Plaza Merdeka (Dataran Merdeka) es otro de los lugares de trascendencia histórica. La palabra "Merdeka" significa independencia; fue aquí pues donde se izó por primera vez la bandera de Malasia, en 1957. Debe de resultar un honor ondear al viento en el mástil más alto del mundo: unos nada desdeñables 95 metros.

Otra de las zonas con interés y un aire colonial es la zona que rodea al Mercado Central. Doris, una de las compañeras de viaje italianas, no paraba de sacar fotos a todas las casas de la zona. Un paisaje urbano variopinto, sin duda. Es aquí también donde se encuentra el barrio chino de la ciudad.



Como excursión de un día, probablemente uno de los destinos más visitados sean las cuevas de Batu, así llamadas por el Sungai Batu (río Batu). Situadas a 100 metros de altura, tienen una antigüedad estimada de 400 millones de años. Para acceder a ellas tendrás que subir los 272 escalones. Tamaña empresa solo es posible gracias a la fuerza mística que te proporcionará el contemplar la estatua de la deidad hindú Murugan. Piensa en lo afortunado que eres: sus 42,7 metros de altura la convierten en la mayor del mundo en su honor; ahora ya puedes mostrar tu más absoluto desprecio por aquellos pobres desgraciados que hayan visto las estatuas de menor altura.

jueves, 21 de enero de 2010

Taiwán, la simbiosis chinojaponesa (1/2)

Tras el viaje a Corea en junio del año pasado, disponía de apenas un día y medio para tratar de ver lo máximo posible en Taiwán. Este escaso tiempo solo me permitía ver parte de su capital, Taipéi, junto con lo que mis dos nuevos amigos y guías tuvieran a bien enseñarme. Era otra visita relámpago que dejó muy buen sabor de boca, aunque tan solo fuese por la literal cantidad y variedad de viandas degustadas.

Llegué a Taipéi con un ligero malestar por la estulticia china. En lo que para mí representa el colmo de la estupidez burocrática, tuve que comprar un nuevo billete desde Seúl, porque el que tenía en mi poder volaba a Taipéi vía Tianjin. Según parece, para hacer escala en ese aeropuerto se necesita un visado (!), lo cual es absolutamente innecesario en Pekín. Esto no tiene lógica ninguna porque, en mi modesta opinión, no se debería necesitar nunca visado para hacer escala en cualquier aeropuerto.



En fin, la verdad es que el primer día llegué por la tarde; solo tuve tiempo y ganas para ver el Taipei 101 y poder afirmar que, en algún momento de mi vida, estuve en el edificio más alto del mundo. A pesar de que el Burj Dubai ya lo supera en altura, todavía no se había inaugurado en el momento de realizar este viaje. Por lo tanto, ¡que me quiten lo baila(d)o!

No son pocos los récords que ostenta: estructura más alta con sus 508 metros, tejado más alto (448 m) y planta ocupada más alta (438 m), todo ello aderezado con el ascensor más rápido del mundo, capaz de alcanzar una velocidad máxima de 1.010 metros por minuto. Y, por si fuera poco, los amantes de la técnica pueden "deleitarse" con la contemplación del mayor amortiguador eólico pasivo del mundo, con un diámetro de 5,5 metros y 660 toneladas de peso. Está compuesto de 41 capas de acero sólido con 12,5 cm de grosor, para soportar terremotos de 7 en la escala de Richter y vientos de 400 km/h.

Tanto el camino de ida como el de vuelta al Taipei 101 está jalonado por todo tipo de tentaciones que rayan el paroxismo del consumismo. Las escaleras automáticas que llevan al quinto piso (la entrada) están dispuestas de tal forma que el visitante debe ir de un lado a otro para seguir subiendo, y así irse topando por el camino con los vistosos escaparates de las tiendas adyacentes. El afán consumista no acaba ahí, porque una vez visitada la torre es imposible salir sin pasarse por unas deslucidas e insulsas exposiciones que ejercen de teloneras para la tediosa sucesión de bisutería, joyería u orfebrería. El robótico y lánguido tono de la ascensorista, repitiendo en chino e inglés la información de rigor, acaba por convencerme de lo superficial y anodina que resulta la visita. Sin embargo, una vez más la contundencia de los datos la convierte en poco menos que obligada.

Ya de vuelta al hostal, me pregunto si seré capaz de arreglármelas solo en un mercado nocturno, una visita probablemente aburrida si uno no cuenta con un amigo con el que comentar lo que ve. Sin embargo, movido por un tímido afán aventurero y algo de hambre, me dirijo al mercado nocturno de Gongguan, cerca de la Universidad Nacional de Taiwán. Mi objetivo: encontrar el restaurante cuyo nombre en la guía no puede resultar más atractivo: Realy Good Beef Noodles (sic), con esa pequeña errata en una palabra que lo hace tan... chino. Encuentro lo que, según el mapa, es el sitio en cuestión y me encuentro ya con murmullos de sorpresa. Me temo lo peor. Me dirijo a la dueña y le digo en mi perfecto chino si todavía se puede manducar. La señora huye despavorida en busca de su hijo, licenciado en Oxford (sí, es irónico), que confirma a su pesar mi terrible sospecha. Son las diez y media, es demasiado tarde ya.

Así que, derrotado pero con dignidad emprendo la retirada. Pero hete aquí que un grupo de jóvenes chinos, sin duda entre compungidos y risueños por ver mi cara de Carpanta, me llaman y me dicen qué quería. La respuesta es lógica: quería saber si tenían esos fideos con ternera tan buenos, peronopuedesermuchasgraciasadiós. Sin embargo, en un último y amable intento por contentarme, me desposeen de la dignidad con la que estaba a punto de irme ofreciéndome los restos de su comida. Con una risa de circunstancias y un rápido agradecimiento, me retiro humillado para ahogar mis penas con la comida del Seven Eleven más cercano al hostal.

Afortunadamente, el día posterior pude resarcirme con creces. A las nueve y media de la mañana los amigos de Mika, mi amiga taiwanesa, vinieron a buscarme al hostal. Se trata de Tommy y Erin, dos guías excepcionales de inglés fluido y gran simpatía. Además de, como decía mi amigo Diego, dos personas con las que compartir nuestro odio común hacia los chinacos.

Porque, ¿cómo se llevan Taiwán y China? Pues para empezar deberíamos utilizar sus verdaderos nombres: República de China y República Popular de China, respectivamente. La historia entrecruzada de ambos países comienza realmente hace casi un siglo, con la creación del Kuomintang en 1911. En 1928 Chiang Kai-shek, tras reprimir con dureza a los comunistas (representados por el partido de Mao Tse-Tung fundado en 1921), completa la unificación de la china continental e impone su autoridad sobre Manchuria, con una política dictatorial fiel a los principios confucianos de resignación y jerarquía. La guerrilla comunista hostigó continuamente al Kuomintang, pero en 1934 optan por retirarse al interior en lo que se conoció como La Larga Marcha (1934-1935), recorriendo a pie hacia el norte 10.000 kilómetros que comienzan 120.000 soldados y de los que solo 30.000 sobreviven. Se instalan en Shensi y organizan un estado comunista, fijando además las claves del maoísmo.

Ambos bandos colaborarán para hacer frente a la invasión japonesa, pero cuando estos asumen su derrota en 1945 se reanuda la guerra civil. Los comunistas atacan desde el norte y consiguen dominar gran parte del país. En 1949 conquistan Shangai y poco después tanto Cantón como la zona occidental. Así pues, el bando perdedor nacionalista no tuvo más remedio que refugiarse en la isla de Formosa, Taiwán. El Kuomintang se puso como meta desde entonces recuperar la china continental, empresa que el tiempo acabó por demostrar imposible. El tiempo no pasó en balde y, a medida que la República Popular de China aumentaba a pasos agigantados su poder económico y político, se apuntó otro tanto en el ámbito diplomático al convertirse en la representante de China en la ONU, desbancando a la cada vez más modesta Taiwán.



La mala prensa de China (y nunca mejor dicho) no debe convertir al Kuomintang en el bueno de la película. Hasta 1991 Taiwán era una dictadura que tuvo como primer presidente al mismísimo Chiang Kai-shek, cuyo edificio conmemorativo es uno de los lugares de interés turístico de la ciudad. En la foto se retrata solo el Teatro Nacional, o bien el auditorio; la verdad es que no me dio tiempo a informarme porque mis amigos improvisados me llevaron de un lado para otro, en visitas y diálogos más interesantes que las meras caminatas en pos del álbum fotográfico. Lo que dio de sí la visita será mejor dejarlo para el siguiente y último capítulo.

miércoles, 13 de enero de 2010

Carros y carretas

Saludos de nuevo a los cuatro gatos que siguen este blog. Un nuevo año ha empezado y, como siempre, hay demasiadas cosas en el tintero, pero poco tiempo y ganas para contarlas con un leve catarro como hándicap, así que vamos a empezar este 2010 tirando de archivo. Las crónicas de viajes por Malasia, Indonesia, Camboya (de nuevo) y Hokkaido (la isla al norte de Japón) tendrán que esperar.

El diccionario define la expresión carros y carretas de la siguiente forma:

carros y carretas.

1. m. pl. coloq. Contrariedades, contratiempos o incomodidades graves que se soportan pacientemente. Pasaron, o aguantaron carros y carretas.


Esto nos da pie para una historia singular, chabacana y ficticia, que no ocurrió realmente en ningún lugar a ninguna hora. Sin embargo, sirve para ilustrar con este estilo tan ordinariamente ordinario, y por momentos delicuescente, la obsesión real de tres conocidos. Un conocido mío suele introducir su desprecio hacia lo ajeno con la fórmula "No es por ser cabrón, pero...". Yo, siendo menos hipócrita, diré "Es por ser cabrón, pero estas tres personas no destacan precisamente por su intelecto". A este paso, pasarán eternamente carros y carretas, sobre todo cuando los pechos de su interlocutora tiren más que dos ejemplares de los susodichos vehículos.


Benigno se congratuló para sus adentros por, según sus propios cálculos, haber evitado en todo
momento que sus córneas cediesen ante la imperante fuerza pectogravitatoria a la que se veían sometidas constantemente. Le producía un cansancio considerable mantener la vista siempre firme, fijándose como límite irrebasable el collar de Virginia, la chica de pechos prominentes con la que siempre había soñado. Era harto difícil aparentar sobriedad y mesura ante tamañas glándulas mamarias. Todo había ido bien, pero en cuanto llegó el momento de decidir el menú en el restaurante "La Caverna", las cosas empezaron a torcerse.

- Estoy indecisa, ¿tú qué vas a tomar, Benigno?
- La verdad es que todo tiene una pinta deliciosa, ¿no te parece? Hmm, nunca he probado los melones con jamón. Creo que empezaré con eso.
- ¿Ah, pero te ponen varios?
- Ah, ¡melón, melón! Vaya, qué lapsus, je, je. Bueno, ya se sabe, a los de ciencias, si les sacas de los senos y los cosen... De las matemáticas, los ceros y los unos, pues se pierden más que un hijo de puta buscando la partida de nacimiento, je, je.
- ¡Ja, ja! Pues yo tomaré lo de siempre, el menú 3. Es ideal, porque evita a los escritores de blogs tener que devanarse los sesos pensando en platos sugerentes para historias estúpidas.
- Ah, pues me apunto, no se diga más.

(Benigno comienza a levantar su brazo para atraer la atención del camarero, pero Virginia se adelanta)

- ¡Camarero! Vaya, te he cogido la delantera, ¿eh? ¡Ja, ja!
- Je, je, sí, a ver si la próxima vez te la cojo yo a t... Bueno, ¿qué tal en el trabajo?
- Pues muerta de aburrimiento, la verdad. Con esta crisis no llega nada, espero que se anime la cosa cuanto antes. ¿Y tú?
- ¡Justo todo lo contrario! Es la primera vez en mi vida que trabajo todo el fin de semana. Con lo que me gusta disfrutar de los sábados y las domingas... ¡quicir, domingos!
- Hombre, ya sabes que todo son rachas, tendrás que apechugar.
- Ah, pues si me lo pones así no suena tan mal...

(Llega el menú 3, con todos los platos suculentos que todo buen menú 3 debe llevar. Empiezan a comer. Al inclinarse para comer, el escote de Virginia se observa en todo su esplendor y extensión)

- Urgfs... Argm, pues ha sido una semana intensa, sí. Al principio iba bien, pero luego la cosa se puso dura... ¡cuesta arriba! Vamos, con decirte que el sábado llegué a la oficina empalmao...
- ¿¿Qué??
- ¡Que llegué de empalme! El viernes salí por la noche hasta las tantas, y cuando miré el móvil por casualidad de madrugada vi el mensaje del jefe, que tenía que ir allí.
- Ah, ¡qué putadón!
- Ya te digo. A este paso voy a tener que ir haciendo tetamento, esto... testamento. Menos mal que es llegar a casa y poner música jipi... ¡Mano de santo! Recupero fuerzas y ya estoy listo para el día siguiente.
- ¿Ah, sí? ¿Cuál es tu grupo favorito?
- ¿No lo sabes? The Mamas and The Papas, por supuesto, todo un clásico.
- No sé por qué, me esperaba esta respuesta.
- ¿Eh?

(Ambos acaban el plato o platos del exquisito manjar del menú 3 y empiezan a mirar la carta de postres. Una vez decidido, Benigno llama al camarero y piden el postre del menú 3, reservado para el paladar de los más sibaritas).

- No sabía que también te gustaba la sopa de chocolate, Benigno.
- ¡Me encanta! Aunque prefiero el pastel de bufas... ¡trufas!
- ¡Joder, Benigno! Tienes un problema. Y como estudiante de Enfermería, te puedo dar mi diagnóstico: demencia senil.
- ¡Qué dices! ¿A mi edad? ¿Por qué?
- ¡Pues porque no paras de mirarme los pechos y tienes más lapsus que Carmen Sevilla después de tres cubatas! Todo relacionado con mis tetas, ¡todo!
- Je, je, ¡qué dices mujer! Será tu imaginación. Vaya, no nos han puesto las cucharas, todavía. ¡CAMARERO, DOS CUCHARAS SOPERAS!

(Las ondas sonoras del estridente grito de Benigno rebotan contra las paredes de "La Caverna". La acústica y el eco del local terminan por hundir definitivamente a Benigno)

... PERAS... peras... peras... peras.