viernes, 26 de diciembre de 2014

Japón en contexto

En uno de mis programas japoneses favoritos sobre la actualidad del país hicieron un especial muy interesante sobre cómo se veían las cosas no desde los medios de comunicación nacionales, sino desde el extranjero. Las noticias como la "victoria aplastante" de Shinzo Abe cambiaban a una pérdida de escaños del Partido Liberal Democrático, o la reunión de dicho primer ministro con su homólogo chino era vista como una victoria o como una derrota para según qué parte, en función del periódico o medio informativo que lo analizaba. Salieron a colación diversos temas y gráficos, de los cuales me parece interesante comentar algunos.




 En primer lugar, la famosa deuda soberana de Japón, que ocupa el primer puesto en porcentaje respecto al PIB. ¡Nada menos que un 225 %! Como conocéis todas las banderas, no hace falta mencionar los nombres. Si acaso el puesto 31: Estonia. Grecia está en segunda posición, pero su situación es mucho más delicada, ya que los tenedores de deuda son, en su mayoría extranjeros, mientras que en Japón la abrumadora mayoría (un 95 % si no recuerdo mal) son japoneses. Pero bueno, no vamos a entrar a analizar
los pormenores de este tema, porque podríamos eternizarnos. Solo otro gráfico interesante al respecto.




Aquí podéis ver cómo ha evolucionado la deuda pública en diversos países. La línea roja es Japón, la verde Italia, la naranja Reino Unido, la violeta EE. UU. y la azul Francia. Esto lo ponían para contrastar el hecho de que en algún otro país la deuda llegaba a bajar varios años incluso, mientras que en Japón parece haber subido constantemente con muy cortas excepciones. ¿Y en España? Pues los datos son muy sorprendentes. Tanto como que la deuda pública subió casi sin parar desde 1980 hasta 1996 (entre el 86 y 87 bajó ligerísimamente) y desde ese año hasta el 2007 bajó continuamente desde el 67,49 % hasta el 36,30 %. Qué lejanos parecen esos números ahora que se habla de ese temido 100 %...


 

Muchas veces se habla del alto índice de suicidios en Japón. Aquí tenemos una estadística comparada por países y también por sistema de cálculo.

En número de suicidios ocupa el 5.º puesto: India, China, Estados Unidos, Rusia, Japón, Corea del Sur, Pakistán, Brasil, Alemania y Bangladés son los diez primeros.

En número de suicidios por cada 100 000 habitantes figura en el puesto 9.º (2.º en cuanto a países desarrollados). Este es el top 10:
1.º: Corea del Norte
2.º: Corea del Sur
3.º: Guyana
4.º: Lituania
5.º: Sri Lanka
6.º: Surinam
7.º: Hungría
8.º: Kazajistán
9.º: Japón
10.º: Rusia
Otros países: India (12.º), Francia (30.º), Estados Unidos (41.º), Alemania (46.º) y China (75.º).



Por lo que respecta a inmigración, Japón no sale muy bien parada. Aquí vemos el porcentaje de inmigrantes permanentes llegados a Japón en el año 2011, con repecto a la población total. Por si os pica la curiosidad, la información está sacada de este informe. España batiría a todos estos países con un 0,76 % y en primera posición estaría Suiza, con un 1,57 %. ¡Qué pillines! ¿Quién se estará yendo? Por si queréis saber quién integraría el resto del podio, sería Noruega (1,22 %) y Nueva Zelanda (1,01 %).



Hace poco se celebraron elecciones generales en Japón y a raíz de ese suceso compararon el gasto necesario para presentarse como candidato (que se conoce como 供託金, una 'consignación'). En Japón son 3 milloncitos de yenes (al cambio actual 20 000 eurazos), en Canadá 544 euros, en Reino Unido 476 y en países como Alemania, Italia, Francia o EE. UU. es gratis.



Este es el porcentaje del presupuesto nacional destinado a la educación. Los países nórdicos, como no, están a la cabeza. Aunque no figura en la lista, Suecia debería aparecer: en 2010 destinó el 6,98 % del PIB. Finlandia el 6,76 %. Vamos, que siguen políticas muy afines en ese sentido. Como curiosidad, el gasto en Japón es inferior al de España (4,55 % en 2012 y 4,86 % en el 2011, por ejemplo). También me parece interesante que estemos a la par con Corea, conocida por sus brillantes puntuaciones en las pruebas de PISA. Lo que pasa es que ahí influye, más que un gasto público, la disciplina de la gente y su mentalidad.



Esta comparativa representa el número de horas que dedican a las labores de casa las mujeres y los hombres, por países. Las mujeres más trabajadoras en este sentido son las turcas, con 6 horas y 17 minutos de media. Les siguen las mujeres mexicanas, indias, portuguesas, australianas y las japonesas. Los otros cuatro países son Finlandia, Corea del Sur, Noruega y Suecia.

En cuanto a los hombres, los más dedicados a esta noble y ardua labor son los daneses. ¡Encima de ser apuestos, son unos maridos ideales! En segundo lugar los noruegos y en tercer lugar los australianos. Después viene Estonia, Eslovenia y Alemania. En otras posiciones China, Japón, India y Corea del Sur, con unos raquíticos 45 minutos.



Como bien se sabe, el problema de una población envejecida es acuciante en Japón. En porcentaje de mayores de edad, Japón es líder indiscutible. Este es el top 4 viejuno, según el Banco Mundial.


Pasamos al tema pena de muerte. En Japón fue famoso el caso de Iwao Hakamada, un exboxeador japonés que fue condenado a muerte y salió en marzo de este año tras 48 años de reclusión, al haberse demostrado su inocencia por unos restos de ADN. Es el desafortunado poseedor del récord Guiness por el preso liberado que más tiempo ha pasado en el corredor de la muette.

La pena de muerte en Japón cuenta con mucho apoyo todavía. De hecho, el 85 % de la población no condena su uso (por hacer un juego de palabras) para los crímenes más graves. En principio la ejecución de la pena de muerte debe llevarse a cabo en el plazo de seis meses tras la sentencia condenatoria, pero debe ser firmada por el ministro de Justicia. Si dicho ministro pospone esa firma o se está tramitando un recurso de revisión del proceso, la pena no se ejecuta. Y esto fue lo que le pasó al pobre Iwao, ya que el juez siempre tuvo dudas respecto a su culpabilidad.

Al condenado se le comunica su ejecución inminente el mismo día (se cree que una hora antes). Esto es una elucubración mía, pero podría hacerse para impedir el suicidio del recluso, porque ya se han dado ese tipo de casos. La familia no recibe notificación por adelantado. Se ha hablado de la crueldad de este anuncio tan inminente, por ejemplo desde EE. UU., pero desconozco cuál es el plazo de aviso en otros lugares y si, en realidad, esto es menos cruel.

En Japón la sentencia de pena de muerte se decide por mayoría, lo cual es inusual. En Estados Unidos es necesaria la unanimidad en todos los estados... menos en Florida.


Y ya que mencionamos Estados Unidos, aquí tenemos el número de ejecuciones, muchas más que en Japón (8). En el gráfico anterior ponía que en China se contaban por millares, por cierto.



 Japón no es el único país donde se aplica esta pena: la hay en 58 naciones, el 30 % del mundo.


En la Unión Europea es condición sine qua non abolir la pena de muerte para convertirse en un país miembro. Probablemente por eso Turquía la abolió en 2004 persiguiendo este objetivo. Los últimos en abolirla en Europa fueron Chipre (2002), Grecia (2004), Montenegro (2006), Serbia (2006), Albania (2007), Rusia (2009) y la última y más sorprendente de todas: Letonia, en 2012. Como otro dato curioso, en España se abolió en la Constitución de 1978, pero se hacía una excepción para las leyes militares durante tiempos de guerra. Desde 1995 está suprimida para todos los crímenes.

viernes, 26 de septiembre de 2014

Crónica noruega (2/2)

  El 24 cogí un bus de Stavanger por la mañana hacia Bergen. Este es un recorrido que se podía hacer en ferry hasta hace muy poco, pero parece ser que en este 2014 el bus era la única opción. Aun así, el propio bus se ve obligado a efectuar dos trayectos en transbordador, así que este recorrido mezcla ambos medios de transporte.



Como solo me quedaba la mitad de ese día, pregunté dónde podía comer algo noruego económico y me recomendaron el Pingvinen, un local donde comían los estudiantes, según el chico del hostal. ¡Carallo para los estudiantes, que se gastan 30 pavos en la comida! Me pedí un estofado de pescado, porque lo demás era demasiado normal y poco raro. Taba bien, aunque habría que esperar a Trondheim para una cocina más refinada.


 

Una vez saciada mi hambre di un paseo por la ciudad, con especial hincapié en Bryggen, patrimonio de la UNESCO desde nada más y nada menos que 1979. Esto es lo que dicen de él:

El barrio antiguo del muelle de Bryggen recuerda la importancia que tuvo la ciudad de Bergen en el imperio comercial de la Liga Hanseática, desde el siglo XIV hasta mediados del siglo XVI. Las típicas casas de madera de este barrio fueron pasto de las llamas en numerosas ocasiones; el último incendio se remonta al año 1955. Las reconstrucciones sucesivas se efectuaron sobre la base de los modelos primigenios y con arreglo a métodos tradicionales, habiéndose preservado así la configuración esencial del sitio, que es una reliquia de las antiguas estructuras urbanas en madera muy generalizadas antaño en el norte de Europa. Hoy en día, subsisten 62 inmuebles de este conjunto urbano.

Las fotos que se ven aquí no son las sacadas el primer día, sino el 25 de agosto, cuando hacía mejor tiempo. El primer día llegué al atardecer. Y en cuanto se hizo de noche me fui para el hostal. A priori me esperaba una noche plácida, pero Dios me castigaría con un fétido compañero de habitación. El olor de esa morsa putrefacta era nauseabundo, pero me encomendé a la naturaleza de mi pituitaria, esperando que poco a poco me fuese acostumbrando al olor. Cuando llegué por la noche, ese personaje que me recordaba horrores a Gordo Cabrón no estaba, pero se ve que era demasiado pronto para cantar victoria. Me metí en mi litera superior y al cabo de unos minutos empecé a sentir un ligero movimiento sísmico en el edificio, que se iba acrecentando poco a poco. Los pasos que retumbaban en el pasillo me hacían presagiar lo peor, y entonces me rendí a la evidencia cuando le vi efectuar su fulgurante entrada en el cuarto. Hombre, estaba claro que no me iba a librar de su hedionda presencia tan fácilmente, pero confiaba en que hubiese fallecido al intentar acometer una ruta de senderismo por Bergen de unos 30 metros. No cayó esa breva. 

Confiaba en que exhalase su último suspiro, pero la única exhalación fue la velocidad con la que ese pestilente saco de grasa se empeñó en quedarse dormido. Se desplomó en la cama, ataviado con su sugerente gallumbo negro, probablemente blanco en sus inicios, y al cabo de menos de un minuto ya empezaba a respirar con cierta dificultad, los funestos prolegómenos de unos ronquidos que fueron aumentando en intensidad. Viva y bravo, aquella prometía ser una noche bien larga. 

La pestilencia de su mera presencia había alcanzado cotas tan elevadas que haría avergonzarse a una mofeta que hubiese caído en un pozo de purín por accidente. Era de una intensidad semejante a un retrete en las entrañas de Mordor que ni los mismos orcos se atreviesen a usar por llevar diez años atascado. Me vi obligado a levantarme en plena noche para abrir la ventana y expulsar cualquier inmundicia gaseosa. Me volví a la cama, esperando conciliar el sueño de una pajolera vez, pero esa idea no parecía seducir al cachalote en los brazos de Morfeo. De repente, por si los sonoros ronquidos no fuesen suficientes, pasó a adornarlos con un colofón final consistente en un gritito de nenaza: en principio traslucía cierto tono de espanto y pavor, pero también se podía interpretar como un gemido producido por un enculamiento inesperado en sus sueños. Y así transcurría la noche:

—Roooooooncc... Fiuuuuuu... ¡Aaaaaaayyyyymñññ!

La guinda final consistía en conversaciones sobre sabe Dios qué en sabe Yahvé qué idioma. Me puse los cascos y le di caña a la música, pero aún podía oír sus grititos y sus delirios a modo de música de fondo.

Por la mañana le comenté al que estaba en la litera de abajo (resultó ser de Barcelona) la nochecita que nos había proporcionado la foca monje, y me dijo que quizás estuviera "puesto". Por su bien, hasta espero que sí: aguantar ese espectáculo lamentable día sí y día también acaba con cualquiera. 


Ese día 25 tenía muchas horas hasta mi encuentro con Linda, la chica canadiense con la que iba a compartir la ascensión al Trolltunga y el recorrido en piragua por Flåm. El bus salía a las 20:55, así que una idea interesante consistía en hacerse con una Bergen Card y dedicarse a ver todos los museos posibles ese día, ya que dicha tarjeta te permitía coger medios de transporte y entrar gratis a muchos museos, además del descuento de la mitad de precio para el funicular.

Fui, por ejemplo a la nave de Håkon, construida entre 1247 y 1261. Es el edificio civil más grande que se conserva de la Edad Media en Noruega. Por desgracia, en 1944 un barco de municiones alemán estalló en el puerto cerca de la nave, de la cual solo quedaron los muros chamuscados. Hoy en día la nave se utiliza para fiestas en ocasiones solemnes o incluso conciertos. La foto anterior se hizo con temporizador en la planta baja.




 Después subí a la torre de Rosenkrantz, erigida en la década de 1560 por el señor feudal de la fortaleza de Bergenshus, don Erik Rosenkrantz, a petición del rey Federico II. Rosenkrantz hizo venir a albañiles y canteros de escocia para su construcción. En estos dos primeros sitios tenían guías bastante exhaustivas (para lo pequeños que son) en español, que me traje de recuerdo.



El siguiente destino, algo más difícil de encontrar, fue el Gamle Bergen Museum, fundado en 1934: una especie de santuario para aquellos edificios en Bergen que habrían sido demolidos en las décadas de los 50, 60 o 70. Historia viva convertida en el único museo al aire libre del país, una ventana al pasado para presenciar con recreaciones las costumbres y vida cotidiana de las familias y trabajadores de prósperos comerciantes, funcionarios del Gobierno, patrones, artesanos y marineros que vivían en estos edificios.



 Al igual que en Williamsburg, la gente estaba allí con su traje de época, desempeñando su papel y hablando con los escasos turistas como si fuesen meros invitados o forasteros interesantes. Aparte de servidor, había otros dos escandinavos y tres brasileños. Al estar alejado del centro, creo que la gente descartaba este museo, pero a mí me pareció el más entretenido de todos en los que estuve. Allí permanecen la familia de funcionarios Regens, de 1826, el mercader Helland y su familia, de 1886, o el tendero Skauge, que vende los mismos productos que la gente de Bergen podía comprar en 1926.



Lo malo de los museos en Noruega es que tienen unos horarios demasiado limitados, lo cual te impide recorrerlos con calma, por mucho que madrugues. Los hay que no abren hasta las 11, y la mayoría cierra a las 16 o incluso antes. De aquí me tuve que largar pitando y coger un autobús para ir al museo de Bryggen, bastante soso de todas maneras. Ya no quedaba tiempo, por ejemplo, para el museo de la lepra, en el hospital de St. Jorgens. ¡Mira que hay museos para todos los gustos!



Bien, pues como la opción de los museos ya no daba más de sí, opté por subir al funicular Fløibanen, desde donde había unas bellas vistas de Bergen. Teniendo en cuenta que es la ciudad más lluviosa de Europa, o eso dicen, ¡este era un día para enmarcar!



Como todavía me sobraba tiempo, decidí pasear por las numerosas rutas que había por Fløyen, en busca de lugares fotogénicos. En el lago Skomakerdiket se puede incluso navegar en las piraguas que amablemente se ofrecen de forma gratuita, pero llegaba tarde: solo estaban disponibles hasta mediados de agosto.



Al final acabé encontrando el sitio perfecto, Fløyvarden. Era tan idóneo que hasta había un cilindro de piedra con la ubicación perfecta para colocar mi cámara. Un día soleado, naturaleza, senderismo y aire puro. Esto último es la esencia de Noruega, o al menos una buena razón para visitarla. 




Cuando volví a donde estaba el funicular para hacer algunas fotos, me encontré de nuevo con Félix, el alemán con el que había compartido habitación la primera noche. Ya lo había cruzado en un paso de cebra de la ciudad unas horas antes, así que decidí abordarle y hablar un rato con él. Recuerdo que me dijo: 

—¡Hombre, Santiago! ¿Qué tal?
—Santiago no sé, ¡pero Servando está divinamente!

Me dirigí al hotel para ir bien cenado antes de emprender el camino a la estación de autobuses. Había comprado pasta por la mañana y me comí la mitad del paquete, dejando la otra mitad para cinco horas después. Con el rotulador que había en la cocina dejé bien marcadas mis humildes pertenencias, escribiendo SERVANDO tres veces, pero eso no fue impedimento para que algún malnacido, agarrado, rácano, miserable y cutre hiciese caso omiso del claro aviso y se zampara mis espaguetis sin ningún tipo de remilgo. ¡Espero que no fuera esa vaca apestosa de mi cuarto! En cualquier caso, cogí un plato de cartón que había por allí y le mandé mis mejores deseos: esperando que se le indigestasen esos espaguetis lo máximo posible, porque hace falta ser bien Gilito. ¡Si al menos fuese caviar!

Así que dediqué los minutos restantes a preparar un buen paquete de sándwiches y comerme ya alguno como cena. Algo me decía que mi futura compañera de viaje iba a optar por este enfoque durante nuestro periplo juntos, y no me equivocaba.



Llegué a la estación con algo de adelanto, por esto de que no me hacía ninguna gracia perder el bus. Habíamos quedado a las 20:15-20:30 y llegué a y 10. Linda llegó a y 35, pero solo para decirme que quería confirmar si estaba allí y que iba a por la mochila. ¡Qué sangre fría! La parada en la que quedamos era la G, pero el bus salía desde la parada O. La chica tardó un buen rato en recoger su mochila y cuando el reloj marcó las 20:45, salí disparado hacia la parada, porque en realidad pensaba que salía a las 20:50. Cuando volví a la parada G, allí estaba buscándome. Al final el bus salía a las 20:55.

Ya estábamos tranquilitos en nuestro bus. Durante la primera parte del trayecto hablamos sin parar, hasta que una anciana nos miró y nos hizo un gesto pidiendo que cerrásemos el pico, que quería dormir a vella. Y en esto reparo en que seguramente, entre los demás pasajeros, haya alguno que se dirigiese también al mismo hotel que nosotros, desde el que iniciar el ascenso al Trolltunga. Pues sí, una pareja de neoyorquinos. Les digo que, como vamos al mismo hotel, podemos ir juntos, por si queda lejos de la parada, y me dicen.

—Queda a dos kilómetros de la estación, pero algo se nos ocurrirá.

La primera en la frente. Yo había leído que la parada estaba delante del hostal. Y luego añadió:

—Por cierto, ¿habéis llamado para avisar de que llegáis tarde? Porque no hay nadie en recepción después de las once de la noche.
—¿Comorrrrrr?

¡Maldición! En ningún lugar había leído ningún aviso al respecto. ¡Y quedaba una hora escasa para las 23:00! Ni siquiera tenía el número. Urg, se lo pedí a él, pero su móvil estaba a punto de fenecer por falta de batería. ¡Puñeteros Apple! Afortunadamente me lo pudo dar, pero claro, yo no podía llamar con mi teléfono, porque no me funcionaba en Noruega. ¡Rayos! Había que recurrir a medidas más desesperadas. Escogí a una víctima del bus, un chaval joven, para pedirle que me dejara usar su teléfono, y accedió... ¡pero no tenía cobertura! No había forma de llamar desde allí. Esperamos a que parase en el siguiente pueblo... ¡y el muy mamón seguía sin tener cobertura! El tiempo corría en nuestra contra... Cuando el bus se montó en el ferry, ya solo quedaban quince minutos. ¿Qué hacer? El conductor desapareció y apagó el autobús. Yo me bajé y fui a preguntarle al encargado del ferry si tenía un puñetero móvil en el maldito transbordador, y me dijo:

—Aquí no hay ninguno. Pero pregúntale al conductor. El bus debería tener un teléfono.
—¡Argh! ¿Pero dónde está ese desgraciado ahora?

¿Tendría pipí? Yo pensaba que se había metido en el excusado, y miré si estaba en las zonas comunes y el resto de lugares accesibles. ¡Nada! Y en esto Linda entró en acción, se metió directamente por la puerta que había atravesado el conductor, pasase lo que pasase. Yo ya me había fijado en un aparato que había en el bus, que suponía que era el teléfono, pero necesitaba el permiso del otro. Perseguí a Linda, que ya se encontraba en una habitación donde el conductor se estaba relajando, tomando algo y viendo la tele. Al parecer llamó a la puerta al grito de ¡ESTO ES UNA EMERGENCIA! y le preguntó si podíamos utilizar el teléfono. Nos quedaban cinco minutos, así que en cuanto vi como asentía, bajé las escaleras raudo cual centella y prácticamente subí al autobús atravesando de un salto el cristal del lado del conductor. 

—UAAAAARGG.

Llamé al hostal y arreglé el entuerto. Me despedí con un:

—Gracias, hasta luego.

La respuesta lacónica (con grelos) fue la siguiente:

—No, hasta mañana, más bien.

Nos dejaron la puerta de la habitación abierta, así como la del hostal, y a nuestros amigos neoyorquinos les dejaron la llave debajo de una maceta. Al final tenía yo razón y el bus se quedaba primero en la estación a 2 km, pero luego los que queríamos ir al hotel esperábamos en dicho bus y nos llevaban hasta justo enfrente.

Nos fuimos a dormir y al día siguiente, cuando buscábamos un taxi para ir hasta el punto donde comenzaba la ascensión, coincidimos de nuevo con los estadounidenses. No teníamos pensado ir con ellos, puesto que iban a empezar antes, pero se les debieron de pegar las sábanas y acabamos yendo juntos.

El comienzo no era muy alentador para aquellos que se rinden a la primera.



 Si bien se podía ascender por el camino que posteriormente usamos para bajar, subir la vía del Mågelibanen, un funicular actualmente en desuso, ya es toda una experiencia de por sí.



Al final daban ganas, efectivamente, de ponerse los pantalones cortos y quitarse todas las capas de ropa posibles. El día era espectacular.


 

Cuando coronamos la vía, Marius, un alemán, se unió a nuestra expedición. Disfrutamos de 12 maravillosas horas de trayecto, 11 kilómetros de ida y 11 de vuelta, con unas vistas inmejorables del lago Ringedalsvatnet. Las imágenes hablan por sí solas.







 Al cabo de unas horas llegamos a la lengua del Troll. Si el paisaje que ves durante el camino ya te abruma, la escena desde el Trolltunga es para quedarte casi sin respiro.



 Un lugar tan particular y bello merecía ser conquistado, tanto solo como en compañía.








 Todavía quedaba nieve en la montaña, así que jugueteamos un poco con ella y después emprendimos el camino de regreso. Se hace mejor, pero es quizá más pesado por el hecho de no tener el Trolltunga como destino anhelado al final del camino.



 Marius fue muy amable, ya que nos llevó de vuelta al hostal. Él viajaba con su madre en caravana y tenía espacio de sobra, así que fue un golpe de suerte. Al llegar al hotel no me importó pagar 65 coronas por una cerveza que me supo a gloria, lo mismo que a nuestros amigos de Nueva York.



 A la mañana siguiente cogimos el bus de Odda a Voss, que efectuaba paradas en hoteles a los que el propio Chiquito demandaría por plagio. En Voss cogimos otro bus a Flåm, donde se multiplicó por 400 el número de turistas.



El recorrido en bus ya había sido precioso, y navegar por el fiordo de Sogn fue una bellísima experiencia. ¡Sobre todo porque el tiempo seguía acompañando! Si bien es el tercero del mundo en longitud (detrás del de Scoreby Sund en Groenlandia y el canadiense Greely), en realidad se puede considerar el más largo de los que no se congelan.



Son nada más y nada menos que 205 kilómetros. Si bien los reconocidos por la UNESCO como patrimonio mundial son los de Geiranger y Nærøy, este no tiene nada que envidiarles.



 Nuestra guía (checa) nos preguntó si había alguien dispuesto a darse un chapuzón en una poza que había, después de haber subido a ver una cascada. Por supuesto, nadie tenía ganas. ¡Y yo menos!


 

Fueron cuatro horas en total. Una vez acabada la excursión, cogimos el Flamsbana, supuestamente el trayecto en tren más bello del mundo, pero claro, ¡eso es mucho decir! La última parada era el Kjosfossen, una cascada con un salto de 93 metros.



 Cambiamos en Myrdal y de ahí a Bergen. Linda y yo nos despedimos en la estación. La mañana siguiente, antes de coger el avión a Trondheim, la dediqué a recorrer una parte de Bergen quizá no tan conocida, pero que se prestaba mucho a ser inmortalizada. Esta zona estaba cerca de donde se encontraba la primera parada del funicular. Había oído que se podía llegar hasta arriba sin necesidad de cogerlo y decidí probar.



 Una vez arriba, volví a bajar y, como me quedaba algo de tiempo todavía, fui a un museo gratuito, el de la fortaleza de Bergen (Bergenhus Festningsmuseum).



En sus varias plantas había información interesantísima sobre el papel de las mujeres en la historia de Noruega o la resistencia Noruega en la Segunda Guerra Mundial. De hecho, en la foto de arriba tenemos una ENIGMA, la máquina encriptadora utilizada por los nazis (sobre todo) desde 1930. En la foto de abajo vemos un sillón ubicado en el edificio de la Gestapo en Bergen. Fue utilizado en interrogatorios.



 Ya solo quedaba Trondheim. Para abreviar un poco, en esta ciudad escogí Airbnb y me quedé en casa de May. Aparte de esta mujer noruega, en la casa también había un gato simpático y un pastor alemán muy juguetón. Aquí aproveché para lavar la ropa, antes de emprender el viaje islandés.



El primer día no había tiempo para mucho: fui al supermercado para comprar algo de comida para cocinar, y me di cuenta de que era demasiado tarde para comprar alcohol. Según parece, no se puede comprar alcohol después de las 18:00. ¡Esta barrera es infranqueable!



Esa noche hablé con May largo y tendido sobre todo tipo de temas relativos a Noruega. Era uno de los objetivos del viaje: hablar sin tapujos sobre política, la tragedia de Breivik... Hablamos también de religión y nuestras convicciones ateas (o ateósticas, en mi caso). Se daba la casualidad de que era su cumpleaños y me ofreció una birra. ¡Todo un lujo en Noruega!



El día siguiente lo tenía entero para Trondheim y pateé todo lo que pude. Primero el Ladestien.



Después el acogedor barrio de Bakklandet, con sus cafeterías y su pinta alternativa.



La catedral de Nidaros. Y después me di un homenaje yendo al restaurante que me había recomendado May: To Rom og Kjøkken.



 De primero, una deliciosa tártara de salmón con otros muchos ingredientes.


 
Y de segundo, ¡reno! Con coles de Bruselas, setas, arándanos rojos y salsa de porcini.



Después cogí el tranvía para dedicar el resto de la tarde a Bymarka, otra buena zona para pasear.



Creo que tuve mucha suerte con el tiempo, pero este viaje me pareció hecho a medida para todos aquellos que disfrutan como enanos de esa sensación que le invade a uno cuando camina embobado mirando a su alrededor y se dibuja en su rostro una sonrisa bobalicona: es la respuesta inconsciente de un cerebro que recibe todo tipo de estímulos que la conjunción del paisaje y el entorno despierta en él. Uno parece querer caminar sin descanso por parajes de colores intensos, rocas prístinas, aguas cristalinas donde el cielo se refleja en una copia perfecta... o tumbarse a la vera de un árbol para grabar a fuego lento en su memoria esa beldad perecedera, para convertirla en un recuerdo perpetuo.