viernes, 25 de abril de 2014

Crónica peruana (5): Puno y el lago Titicaca

Plaza de Armas de Puno.

Cuando uno traza un itinerario para el viaje más típico a Perú (aquel que recorre la parte meridional), resulta bastante conveniente tener en cuenta las diversas altitudes que presenta cada una de las paradas que vamos a realizar. Unos amigos me comentaron que volaron directamente desde Lima a Puno, protagonista de esta entrada, y el soroche o mal de altura que les sobrevino fue tan agudo que sufrieron vómitos y otros síntomas poco agradables. Nosotros tuvimos la suerte, conscientemente o no, de recorrer el país de forma que la altitud fuese aumentando poco a poco. Primero por la costa y luego con la primera subida a Arequipa, nada brusco y precipitado. Ahora bien, la cima había quedado ya coronada en el Colca y a partir de ahora nada llegaría a su altura (literalmente).

Puno, sin embargo, sería la ciudad con la mayor altitud que visitaríamos, pues se encuentra a 3820 metros sobre el nivel del mar. Para llegar aquí cogimos un autobús de la empresa Julsa. Cruz del Sur fue la referencia durante el resto de nuestros viajes y no teníamos una idea clara de lo que nos deparaba. Cuando llegó la hora de la salida apareció nuestro autobús y la impresión no fue, digamos, muy buena. Alguna parte de la carrocería brillaba por su ausencia, en el equipaje había desde sacos a pollos vivos y todo rezumaba un aire viejuno. Cuando encontramos nuestro asiento, ya había alguien en él. ¿Teníamos el mismo número de asiento para el mismo bus? No. Simplemente, en nuestra inocencia, habíamos asumido que el bus iba a salir a su hora. Pero resulta que era el bus de la hora anterior: no sé si la hora de retraso fue circunstancial, pero ese hecho ya nos daba a entender que la calidad de esta compañía iba a palidecer en comparación con la de Cruz del Sur. Por fortuna, nuestro bus era más decente que el de la hora anterior (al menos no le faltaban piezas), pero cumplía esa característica que ya había oído o leído por ahí: el volumen de la televisión está pensado para la configuración que tendría en un autobús del IMSERSO exclusivo para cuasi sordos. No había forma de evitar ser taladrado constantemente por esas ondas sónicas que rebotaban por doquier. Rezábamos para que la película no fuese un western con disparos a tutiplén, o un Fast and Furious.


El plan para Puno era visitar las tumbas de Sillustani, las islas flotantes de los uros, una estancia nocturna en la isla Amantaní, contemplar la puesta de sol desde ahí y una visita posterior a la isla de Taquile. Por falta de disponibilidad, la estancia en la isla de Amantaní tuvo que cancelarse en detrimento de una excursión de un día a Taquile y los uros. Al final resultó ser una buena elección, porque no hubo puesta de sol el día que habríamos elegido para Amantaní. Y sin una bella puesta de sol, la visita a esta isla (o las islas del sol y de la luna bolivianas) pierden gran parte de su encanto. Aun así, seguro que resulta una experiencia interesante.

 

En nuestra visita a las torres de Sillustani nos volvimos a encontrar con una pareja de alemán y china, que se atrevieron a probar conmigo posteriormente la patata con arcilla. Pablete arrastraba cierta falta de sueño y las pestañas le pesaban un quintal, pero eso no fue óbice ni cortapisa para realizar su encomiable labor fotográfica.


La carne de alpaca es especialmente popular en esta parte del altiplano peruano.

Las culturas predominantes en Puno son la aimara (al sur) y la quechua (al norte). En Puno los primeros tienen más relevancia, por tratarse de los descendientes contemporáneos de grupos que habitaron antiguamente el altiplano, como los lupacas, los collas o los uros. Según el guía, los lupacas hablan el aimara como lengua principal, mientras que los collas utilizan el quechua.


Los collas utilizaban piedras rústicas para construir sus torres funerarias. Los collas aparecen sobre el año 1200, tras la decadencia de la cultura Tiahuanaco. Los collas eligieron este lugar para erigir sus torres funerarias por tratarse de un emplazamiento privilegiado, rodeado de la laguna de Umayo. Y privilegiados eran también los que se enterraban aquí: personas de sangre noble.



La diferencia más notable entre las torres de los incas y de los collas es el material: mientras los incas utilizaban la piedra labrada, los collas se decantaban por piedras rústicas, en su estado natural. Esto se puede apreciar con facilidad en las fotos. Cada una de las torres tenía una puerta que apuntaba hacia la salida del sol, y esa puerta se abría cada 1 de junio. Curiosamente, las torres eran construidas antes de que los líderes muriesen. Y algunas tienen sus propios símbolos; los incas, al llegar a este lugar, retrataron tres animales que representan la continuidad de la vida: la serpiente, el sapo y la lagartija, esculpidas en altos relieves.



Después de nuestra visita a las torres, que se produjo por la tarde el mismo día de nuestra llegada, nos fuimos al hostal para dedicarnos a nuestras labores y prepararnos para el día siguiente: una visita a las islas de los uros y Taquile. Estos son los apuntes de ese día, según la información de nuestro guía (toma pareado):

Las ces del lago Titicaca tienen una fonética especial: no se dice /k/, como el sonido de la q española, sino que es una especie de /k/ sonora. Esta diferencia se anuló en el español, por la incapacidad de los conquistadores para pronunciarla y la inexistencia de un fonema equivalente en el español. Titicaca quiere 'puma gris', aunque el verdadero nombre sea Titicala, 'puma de piedra', en el idioma aimara.


El guía se asombraba con la intuición que tenían sus antepasados para saber que el lago tenía forma de Puma, cuando ahora podemos comprobar esto gracias a las imágenes por vía satélite. Yo, la verdad, no veo muy clara la semejanza. Si me dicen que es un zurullito o unos huevos torraos, le otorgo el mismo parecido.


El lago tiene 8372 kilómetros cuadrados de extensión y 170 km de largo por 60 de ancho. Un 60 % del lago pertenece a Perú. El lago tiende a subir en la temporada de lluvia. A veces, debido a las corrientes generadas por el Niño, la profundidad del lago puede llegar a subir hasta 6 metros. Aunque en algunas ocasiones también se vio asolado por sequías como la de la década de los 40, cuando se podía llegar andando de la bahía de Puno a la península de Capachica, según cuentan los abuelos de ahora. Hace 35 años los bolivianos hallaron un templo a 80 metros bajo el agua, lo cual indica que en algún momento el lago fue una laguna donde se llegaron a desarrollar culturas preincas. La temperatura del agua es aprox. unos 9 o 10 grados.


La totora es muy importante para la civilización puneña, ya que contiene una gran cantidad de yodo, que purifica el agua. En algunos sitios llega a tener 300 metros de profundidad. Al lago llegan unos 25 ríos, pero solo sale uno: el Desaguadero, que continúa hacia el Pacífico. Desgraciadamente, este río se está secando. La totora no solo purifica, sino que también es comestible (la parte blanca, como ya mencioné en otra entrada) y sirve como material para construir barcos. 


Los uros que se pueden visitar en las islas no son oriundos. Ahora habitan allí una mezcla de quechuas y aimaras. Los auténticos hablarían el uruquilla o el puquina. Lamentablemente, estos dialectos se han perdido. Según afirma una teoría, su incapacidad para adaptarse al hábitat de la selva puneña les llevaron al altiplano. Posteriormente, sus desavenencias con los collas, incas y europeos los desplazaron a este lago. Primero sería una familia, pero al final expandirían su territorio a base de las islas flotantes artificiales. Hay más de 80.
La población es cada vez menor. Los jóvenes terminan la escuela primaria en una isla artificial, pero para continuar a secundaria se ven forzados a ir a Puno u otras localidades. Y cuando conocen la vida fuera de esas islas, ya no quieren regresar. Según el guía, la gente más pobre vive todavía allí y, de hecho, allí sigue la escuela.


Bien, esta es la información obtenida, que apunté en forma de notas de voz. Ahora cada uno que juzgue si los uros allí presentes son simples puneños que van a hacer el paripé para obtener el dinero de los turistas, o si realmente hay gente que todavía vive en las islas: los más pobres, como decía nuestro guía. De hecho, él mismo admitía que, de seguir esta tendencia, al final no habría ningún habitante propiamente dicho y que las islas serían un mero museo para los turistas, como una especie de Williamsburg en donde se recrean tiempos y costumbres pasadas de civilizaciones o culturas extintas. Aunque vivir en las islas tiene sus inconvenientes (desprotección, falta de recursos, inconveniencia...), también tienen sus ventajas fiscales, puesto que no se ven obligados a pagar impuestos por no hallarse en tierra firme. Había leído en cierto blog una impresión muy negativa tildándolo todo de farsa, pero bueno: en ese caso, no sería el primer lugar. Hay otros más descarados (he oído hablar de Xijiang, en China) y, al fin y al cabo, el guía ya fue bastante sincero al respecto. Francamente, la considero una visita interesante, para observar su forma de vida, que nos explicaron con pelos y señales.


Después de la visita a las islas de los uros zarpamos rumbo a Taquile, una isla de lo más tranquilico en donde probaríamos la sopa de quinua en un restaurante situado en lo que vendría a ser la plaza mayor del pueblo. Mientras hacíamos tiempo para esperar a que preparasen el almuerzo hicimos un par de fotos. Y ahí sucedió algo muy curioso. Las dos niñas que jugaban en la plaza corrían que se las pelaban para adueñarse del encuadre de las fotos ajenas. Bastaba ponerse delante de la señal con las referencias sobre la distancia a otras ciudades del mundo para que se plantasen en medio como acompañamiento exótico a la instantánea, a cambio de algún regalillo como agradecimiento. Bueno, eso independientemente de si el inmortalizado o el inmortalizador consideraban necesaria o no su presencia. De alguna forma hay que ganarse la vida: prefiero esa simpática treta que ese intento descarado de timarnos con los precios de ese restaurante limeño cuya camarera nos tomaba por idiotas (bueno, tampoco iba muy desencaminada en mi caso...).


Otro de los aspectos destacados de Taquile es su arte textil. Tanto es así que fue declarado por la UNESCO obra maestra del patrimonio oral e intangible de la humanidad en 2005. Para preservar una tradición ancestral toda ayuda es poca. Así que aquí nada de escaquearse con la vana excusa de que "esto no es para hombres". ¡Vaya si lo es! Para hombres y mujeres de todas las edades, incluso niños. Todo sea por mantener vivo ese conocimiento transmitido de generación en generación.


Y, como si de un chullo al que solo le falta la puntada final, va siendo hora de hilvanar la conclusión de este relato: todo acaba con un paseo de vuelta por el otro camino hacia el embarcadero, desde donde emprenderíamos el camino de vuelta. Subí a la cubierta superior para tomar algo el sol y me di cuenta de la presencia de una japonesa entre los demás turistas. Preguntó en inglés si se podía sentar, contesté con un どうぞ y, ¡hala, a practicar y conocer al personal! Se llamaba Tomoe y había venido desde Vancouver. Debido a su aspecto viejoven, hasta se me pasó por la cabeza si era la madre del chaval japonés que también venía con el grupo. Al final resultó que el chaval, Taiki, (de unos 19 años) estaba dando una pequeña vuelta al mundo de 6 meses. Fueron aprox. dos horas de conversación agradable entre los tres. Para entablar una cierta amistad se hace necesario compartir algún día más con otras personas que te cruces en tu viaje: en este sentido siempre me acuerdo de las dos chicas coreanas que conocí en mi viaje australiano y que me abrieron hasta las puertas de su casa para visitar ese país maravilloso llamado Corea. En este caso no volvimos a coincidir, pero creo que con muy poco esfuerzo y unos tours comunes uno puede llegar a conocer gente muy diversa e interesante al viajar por el mundo. Una de tantas cosas positivas que conllevan los viajes.


lunes, 24 de marzo de 2014

Crónica peruana (4): Arequipa y alrededores


En Perú, tarde o temprano, para desplazarse por el sur es casi inevitable tener que recurrir a los buses nocturnos. A no ser que quieras hacer unas cuantas paradas en la denominada ruta del sol, llega un momento en donde hay que aprovechar una noche para cubrir las 8 o 9 horas de viaje y así poder seguir con tu recorrido turístico a la llegada del alba. Pese a que Pabliño era algo reticente a estos viajes nocturnos, al final resultó una experiencia positiva, dentro de lo que cabe, por la comodidad que ofrecen los buses de Cruz del Sur.


Él prefirió optar por la opción cara y cómoda del piso de abajo y yo, fiel a mis principios gitanos en cuanto a gastos relativos a mi persona, me contenté con la opción más económica en el piso de arriba. Por una parte, no soy de los que necesitan dormir 8 horas (sin ir más lejos, hoy he debido de dormir 5 o 6 y ayer otro tanto), y por otra me interesaba aprovechar la ocasión para charlar algo con algún pasajero o contemplar mejor el paisaje. Tenía el primer asiento del piso superior, así que estaba en el lugar indicado. En las postrimerías del viaje entablé conversación con una polaca que estaba viajando por el país por su cuenta. No son pocos los que invierten unos cuantos meses en viajes por varios países sudamericanos, y tampoco es inusual encontrarse con viajeras en solitario.



La cuestión es que el viaje transcurrió más o menos sin pena ni gloria, pero nada más llegar a Arequipa llegó uno de los momentos más penosos del viaje. No sé si sería por tomar el jugo de durazno y el cruasán que regalaba Cruz del Sur para el viaje (no me gusta tirar la comida), pero de repente mis riñones e intestinos parecían estar a punto de explotar. La acumulación de gases y excrementos a las puertas de mi esfínter de tamaña densidad que me obligaba a caminar con pasitos al estilo de la pantera rosa, poniendo caras que me recordaban a Millán, de Martes y 13, en sus mejores momentos. Cuando llegamos a la estación, la necesidad imperiosa de evacuar alcanzó límites insospechados y me dirigí al baño caminando como Chiquito de la Calzada y entonando aquello de «Ese caballo que viene de Bonaaansaa». La señora del baño, con su gesto lánguido e indiferente, no alcanzaba a tener la perspicacia suficiente para percibir la urgencia de la situación y me ofreció la dosis estándar de papel higiénico. El cuerpo es muy cabrón y sabe que está cerca de su meta, así que esos últimos segundos se hicieron críticos: cuando por fin abrí las compuertas traseras, tenía la sensación de que el retroimpulso de la explosión iba a ser tan mayúsculo que sería capaz de proyectarme por encima de la puerta, pero clavé las uñas en las paredes para mayor seguridad. 



Si pensaba que había cantado victoria, estaba equivocado. Recuerdo el trayecto en taxi hasta el hotel fue un suplicio. El día era perfecto y la conversación con el taxista, agradable. Pero lo único en lo que podía pensar era en una nueva deposición reconfortante. Y fue lo primero que hice al llegar al hostal, que por cierto recomiendo. Se llama La Casa de los Pingüinos. Después de tomar un Fortasec, nos pusimos a planear el itinerario. Lo mejor de todo es que el Fortasec surtió efecto de forma inmediata y pude continuar el viaje hasta que una nueva indisposición me atacó justo el día del Machu Picchu. Pero esto es ley de vida en esta clase de viajes, ¡qué se le va a hacer!






El primer día lo dedicamos a recorrer la ciudad, saboreándola y tomándolo con calma después del viajecito. Suponía una buena oportunidad para dedicar cierto tiempo a traducciones y estudios. En ese día decidimos el plan de los días que pasaríamos en Arequipa. El día siguiente saldríamos a las 8 de la ciudad para hacer un descenso en bicicleta por el valle que rodea al volcán del Chachani. Al acabar el descenso y volver a Arequipa, tocaba subirse en el bus turístico para recorrer los lugares más emblemáticos de la ciudad y alrededores, mientras que los dos días siguientes estarían dedicados al valle del Colca.
 

 
  
Después de una travesía más larga de lo esperado, llegamos al punto de control más alto que permitía el ascenso al volcán. Si bien no experimenté grandes problemas en todo el viaje por lo que respecta al soroche o mal de altura (gracias en gran parte a haber ido aclimatándose poco a poco a la temperatura por las características de nuestro itinerario), al bajar de la furgoneta esta fue la única vez que realmente sentí cierto mareíllo y la falta palpable de aire. No en vano nos hallábamos a una altitud de aproximadamente 4800 metros, comparable a la del pico más alto de Europa, el Mont Blanc.


Durante la ascensión pudimos ver algunas vicuñas en estado salvaje y una planta que me llamó mucho la atención: la llareta. Con esos colores y formas, os podéis imaginar cómo destacaba sobre el árido paisaje que nos rodeaba. Con el Chachani a nuestra derecha y el monte Misti a nuestra izquierda, en ocasiones no podíamos reprimir las ganas de inmortalizar tan sobrecogedor entorno. Mi devoción irremediable por los vídeos, esenciales para hilvanar recuerdos de los momentos más especiales, me llevó a grabar nada más iniciar el descenso. Me las prometía muy felices, pero no fue nada sencillo debido a la inestabilidad que provocaba manejar la bici con una sola mano (no llevo una cámara GoPro ni nada parecido, voy a pelo) y lo pedregoso que se volvía el recorrido en ocasiones. De hecho, estuve a punto de besar el suelo y morder el polvo (literalmente) un par de veces. Lo mejor de todo es que hay constancia en esos vídeos de esos momentos críticos. A medida que acumulábamos kilómetros de experiencia (son unos 50 kilómetros, nada más y nada menos), Pablo también decidió probar suerte con esto de los vídeos. Todo iba estupendamente hasta que, en un derroche de amabilidad y exceso de confianza, saludó a un honrado peruano que se hallaba por esos lares con la mano y perdió por completo el equilibrio, con lo cual se pegó un batacazo de padre y muy señor mío. Pero no hay mal que por bien no venga: ¡ahora tenemos el porrazo grabado en vídeo!


Después del descenso volvimos a Arequipa para enlazar directamente con el bus turístico que nos llevó a diversos puntos de la ciudad: entre otros, el molino de Sabandía, la mansión del fundador de la ciudad (Manuel Garcí de Carbajal) o el mirador de Yanahuara. En otro mirador, el de Carmen Alto, se encontraba una estatua del ekeko, dios andino de la abundancia, fertilidad y alegría. Dicen que frotarlo trae buena suerte, aunque si en tu caso estás buscando pareja lo que le tienes que ofrecer es un gallito. Si, por otra parte, dejarle un cigarrillo y que este se consuma por completo es un buen augurio; si no llega siquiera a consumirse hasta la mitad, es una señal de mal agüero. A la derecha de la foto se puede ver parte del Misti ('amo, señor'), un volcán activo, y a la izquierda las cumbres nevadas del Chachani ('mujer vestida de blanco'), más alto que el Misti, ya que supera los 6000 metros. Otra de las visitas interesantes fue la fábrica y zoológico de Incalpaca: no por los conocimientos adquiridos (o repasados) sobre alpacas, vicuñas, guanacos y llamas, sino por un vídeo de primera en toda regla que conservo con mimo, grabado por Pablo: en él una turista imprudente se acerca demasiado al guanaco y lo provoca hasta el punto de cubrirse de gloria... bueno, en realidad más bien de saliva camélida. Pero lo mejor sin duda es la reacción posterior del guanaco, que se parte la caja a la vista de esta escena tan jocosa. La pregunta es: ¿cuántas veces sucederá esto mismo cada día? Para el guanaco, por lo menos, la chanza no parece haber perdido ni un ápice de hilaridad. 



Pero uno de los dos platos fuertes llegaría al día siguiente, cuando nos embarcamos en una excursión de dos días al cañón del Colca. El paquete completo de mountain bike + bus turístico + tour del Colca con comida incluida el último día + bus a Puno nos salió por poco más de 300 soles por barba, que considero un precio justo. Está claro que en todos los sitios tienes que hacer el amago de irte, o realmente irte y volver para conseguir un buen precio. Es un destino turístico tan manido que resulta bastante sencillo contratar un tour el día anterior para dos o tres días. Lo menos positivo es que tocaba levantarse a las tres de la mañana, ¡pero el esfuerzo merecía la pena!



Después de unas horas de viaje y un opíparo desayuno en Chivas, llegamos al mirador de la Cruz del Cóndor con la ilusión de ver a algún ejemplar de estas aves tan majestuosas que tuviese la bondad, decencia y deferencia para con los ilusos turistas de hacer al menos acto de presencia, ¡siquiera unos segundillos! Pero, según parece, a esos malditos pajarracos no les placen en demasía los garbeos matutinos a partir de cierta hora (hay que ir muy temprano), por lo que nuestra excursión comenzó con el marcador de avistamientos a cero.


El sol apretaba bastante, pero nos rodeaba el segundo cañón más profundo del mundo, después del Cotahuasi, aunque los estudios de Andrew Pietowski afirman lo contrario, y unas vistas impresionantes del valle, con los pueblos de Tapay, Cosñinhua, Malata y San Juan de Chuccho al otro lado del río Colca (Cabanaconde a este lado). Y ya que he mencionado este río conviene recordar que su nombre cambia a medida que avanza su recorrido. Una vez superado el cañón recibe el nombre de Majes y, antes de desembocar en el océano Pacífico, pasa a denominarse río Camaná. Y no acaba ahí la cosa por lo que a ríos respecta: un hecho muy interesante es que durante nuestro recorrido se alza imponente ante nosotros el Mismi, una montaña de 5597 m de altura que resulta de gran relevancia porque aquí es donde nace el río Amazonas, aunque nuestra guía nos decía que era en una vertiente del Queuisha.


El sol apretaba, pero proseguimos nuestro camino durante no pocas horas hasta alcanzar el fondo del valle. Ahí los más valientes, para combatir el calor, se bañaron en las aguas del río. Servidor optó por aprovechar la brisa reconfortante que soplaba a la sombra de uno de los extremos del puente, más que nada porque lo del baño quedaba reservado para nuestra llegada al oasis. En este puente cambiamos de guía y de la chica sin aparente "licencia de guía" pasamos a Hans, otro chico jovencito que se encargaría posteriormente de explicarnos las diferencias entre los kollawas y los cabanas.


En algunas partes el sendero se hacía bastante angosto (más que en la foto de arriba) y no apto para gente con vértigo, como mi acompañante. Pero en esos casos no quedaba más remedio que hacer de tripas corazón, pensando en ese oasis que nos esperaba como objetivo. En nuestra pausa para la comida sucedió algo bastante curioso: había una avispa sobrevolando la zona y, en un intento de aturdirla, la chica galesa despejó a córner al pobre insecto, entendiendo como córner la boca de su novio. Sí, amigos, le hizo comer a la avispa sin patatas y esta, antes de penetrar en esófago ajeno, dejó como legado su preciado aguijón en un sitio tan inaudito como puñetero: la parte inferior de la lengua. La anécdota resultaba difícil de creer, pero al final logró extraer el susodicho aguijón y nos lo mostró: ¡qué alivio!


Nuestro viaje prosiguió y durante el recorrido hicimos algunas paradas para observar la vegetación de la zona y algunos lugares concretos. En uno de esos recesos observamos ejemplares de cochinilla, un parásito que puede encontrar en las pencas de nopal. Tiene la particularidad de proporcionar un color carmín característico al aplastarlo. Por eso los pueblos nativos lo utilizaban como tinte desde hace más de 2000 años, pero la aparición de los tintes sintéticos redujo drásticamente su utilidad.

Caía la tarde y nos acercábamos ya al oasis de Sangalle cuando los vimos aparecer.


Justo en el momento menos esperado, un cóndor cruzó el valle de un extremo a otro. Por desgracia estábamos ya muy abajo y quedaba bastante lejos, pero al menos no nos fuimos sin poder contemplar a algunos ejemplares de estas aves. Hay muchos datos curiosos sobre los cóndores andinos: 
  1. es la especie de ave más longeva que se conoce, hasta la fecha, puesto que un ejemplar, Thaao, llegó a vivir 79 años.
  2. por lo que nos contaron, son aves monógamas que pueden permanecer junto a su pareja durante toda su vida, y que de hecho llegan a suicidarse si esta muere, bien precipitándose desde miles de metros de altura o bien yaciendo en una cueva. Ahora bien, también he oído que hacen lo propio cuando se ven demasiado viejos e incapaces de capturar presas para sobrevivir.


Nada más llegar al pequeño pero resultón oasis de Sangalle se imponía un buen baño reconfortante en la pequeña piscina que había allí, algunos acompañados incluso de su cervecilla, a temperatura ambiente por la falta de electricidad. Después de un rato llegó la hora de la cena y la conversación con el resto de los integrantes del grupo. Pero para mí la mejor parte de toda la excursión al valle del Colca fue el lugar privilegiado del que disponía para contemplar uno de los espectáculos más maravillosos que existen: el firmamento sin contaminación lumínica. Cuando todos estaban ya durmiendo, a mí me resultaba harto difícil conciliar el sueño: yacía sobre la hierba del oasis y contemplaba extasiado la sucesión de estrellas fugaces que no parecía tener fin. Desde la noche que pasé cerca del monte Fuji no había dispuesto de una ocasión tan propicia para este espectáculo y solamente me pudo levantar el frío y la necesidad de descanso para acometerla jornada que nos esperaba al día siguiente, con la diana a las cinco de la mañana.


La subida fue más dura de lo esperado. Empecé rezagado y al principio iba con las dos chicas estadounidenses en la parte de atrás, porque la chica de San Francisco se había encontrado bastante indispuesta durante la jornada del día anterior, vomitonas incluidas. Pero como veía que subían a su ritmo y no parecían tener problemas, aceleré y proseguí la subida con un gallego de Villagarcía de Arosa, también de nuestro grupo. Se agradecía sobremanera que el sol no incidiese todavía sobre esa cara del cañón y al final pudimos alcanzar la cima para avituallarnos con algún plátano y agua. Había perdido el contacto con Pablo y llevaba alguna botella que no había utilizado, así que en cuanto coroné la montaña bajé a llevarle algo de agua y un platanete. Esta vez quien necesitaba una visita al señor Roca era más bien él. Pero estábamos tan contentos por superar la subida que lo celebramos haciendo lo que mejor se nos da: el gilipollas.


Después de este subidón (en ambos sentidos), comimos en un pueblo cercano y nos bañamos en unas termas. Para acceder a ellas había que atravesar un puente muy del estilo de Indiana Jones. En la foto no parece gran cosa, pero en el vídeo se aprecia mucho mejor cómo se mueve el condenado.


De nuevo algunos acompañaban el momento con alguna cerveza. Yo comencé bañándome directamente en el río que pasaba por allí: esta vez sí, porque iba en bañador. Recuerdo que Ramón, el gallego, parecía imperturbable con su cervecilla, pero Daniel, el barcelonés con acento madrileño, temblaba cada vez más hasta el punto de parecer un culé epiléptico viendo un Barça-Madrid en una silla eléctrica. Soportaba las temperaturas altas sin problemas, pero lo de las bajas lo llevaba mal.


Al viaje le quedan los dos últimos atractivos: el mirador de los Andes, a 4910 metros sobre el nivel del mar, desde el que contemplábamos un sinnúmero de apachetas, montículos de piedras apiladas en forma de cono, como ofrenda a los dioses por parte de los pueblos indígenas andinos. Desde aquí podíamos observar varios volcanes: el Ampato (inactivo), el Sabancaya (el más activo, según parece), el ya mencionado Chachani y el Hualca Hualca.


Aunque tendríamos suficiente durante otras fases del viaje, de camino a este mirador también pudimos acercarnos sin problemas a alpacas y vicuñas salvajes para tomar algunas fotografías.



El recorrido del valle del Colca me causó una muy grata impresión, por la experiencia del senderismo tanto en el descenso como en el duro ascenso posterior, las vistas diurnas de tanto el valle como el cañón y las vistas nocturnas del firmamento, la agradable compañía... Creo que los tours dentro de un viaje suelen resultar una experiencia agradable si se comparten con personas de la misma generación o al menos con otra gente afable y con ganas de relacionarse. Para el último día habíamos dejado la visita al monasterio de Santa Catalina. Los estudios parecían impedir a Pablo unirse a la excursión, pero al final cambió de parecer y me alegro de que lo hiciera, porque, tal y como me habían dicho, Santa Catalina es una visita imprescindible.


Claustro de los naranjos.

Debido a las horas que he invertido ya en este artículo, no puedo explayarme tanto como me gustaría, y de hecho la mejor forma de comentar las maravillas de Santa Catalina (erigido en 1579, 39 años después del redescubrimiento de Arequipa y la fundación de la ciudad por parte de los españoles) es reproducir el vídeo que grabó Pablete recorriendo su interior. Una idea estupenda y que siempre apoya alguien como yo, tan amigo de los vídeos para inmortalizar momentos especiales de los viajes.


Tuvimos la afortunada idea de ir temprano por la mañana y, aunque pensábamos que ya iba a estar copado, lo cierto es que no había casi nadie todavía recorriendo este precioso monasterio. Sin embargo, al término de nuestra visita las hordas de turistas jubilados (en especial) empezaban ya a invadir en masa las instalaciones. Las fotos se tomaron antes y apenas hay gente; el vídeo se hizo al final y se nota la diferencia en el número de visitantes.


No me extraña que lo consideren una especie de paraíso para fotógrafos. Las calles de nombres españoles y las tonalidades de rojo, azul y blanco lo dotan de un aspecto pintoresco y único en su género. Pese a que el precio es más bien occidental, merece la pena hacer una breve pausa durante el recorrido para probar el delicioso queso helado que hacen las monjas, aunque la torta de zanahoria tampoco le vaya a la zaga. Ambos platos son manjares para el paladar, y el monasterio en sí es una delicia para la vista... y para todos los sentidos.