sábado, 12 de marzo de 2011

Una ceremonia de graduación «movidita»

Nada hacía presagiar que la ceremonia de graduación de la escuela acabaría entrando en los anales de la historia como el día del gran terremoto (大地震, daijishin u oojishin), ese que se esperaba en la prefectura de Kanto (donde se encuentra Tokio) desde hace muchos años. No sé si será el que tuvo lugar ayer, pero lo cierto es que el grado de intensidad registrado lo ha llevado directamente a engrosar la lista de los 10 terremotos más fuertes de la historia.

Todo había comenzado perfectamente. Acudí puntualmente a una ceremonia a la que concedía personalmente una importancia mínima. No se me dan bien las despedidas y siempre trato de mantener un perfil bajo, pero además en esta ocasión se trataba de un acto bastante intrascendente para alguien que simplemente ha estudiado en una academia un año y nueve meses. Mi participación en cualquier tipo de discurso o premio era nula, y sabía a ciencia cierta que los alumnos que me rodeaban pasarían a ser completamente intrascendentes en mi vida una vez terminado el acto, con la excepción del genial Kang. Quizás me pueda arrepentir ligeramente, pero el considerarlo un mero trámite me llevó a no tomar ninguna fotografía de la ceremonia, consistente en la entrega de certificados y premios a los estudiantes más brillantes, que rima además.

Ese título de mejores estudiantes se dividía en varios apartados. Los dos nepalíes de mi clase obtuvieron el premio a los más mataos, por no faltar ni un solo día a clase en dos años. Pero no solo eso, ni siquiera osaron retrasarse medio segundo en su impoluto registro de asistencia. Un registro del 100% en el que no había gripe A que valiese; todavía recuerdo a Menuka, la nepalí, tosiendo y poco menos escupiendo pulmón y medio sobre la mesa.

Después hubo el premio a los estudiantes con las mejores notas. Se lo llevaron dos chinas de mi clase; una de ellas había sacado un 176/180 en el examen de lengua japonesa para extranjeros N1, el más difícil (no tenía ni un solo error en dos apartados). Sin embargo, esta lumbrera no fue capaz de aprobar ningún examen de acceso a la universidad (me pregunto si esa es la razón por la que no se movió del sitio cuando sucedió el terremoto), por lo que le espera un futuro incierto.

Y después llegó el premio al mejor occidental de la escuela. La competencia era tremendamente encarnizada, pero no hubo más remedio que dármelo a mí, ya que era el único entre los graduados. Vale, en realidad me concedieron el premio al estudiante eminente (優秀学生), que no sé muy bien cómo traducir. Yushuu significa eso: excelente, brillante, sobresaliente. Vamos, adjetivos que me describen a la perfección. En realidad, me imagino que me lo darían por caer simpático y porque mi lengua nativa no tiene ni un miserable kanji. También habrá jugado en mi favor el hecho de haber aprobado el N1. El caso es que me dieron un premio y, sabiendo lo rácana que es mi escuela, pensé que me darían un par de bolígrafos. Sin embargo, lo único que podía haber dentro eran papeles. «¿Serán billetes? ¡Impresionante, adiós presupuesto!». Como eran dos, me imaginé que serían 2000 yenes (17,5 euros a día de hoy), pero... ¿cuál sería mi sorpresa al ver que el sobre contenía nada más y nada menos que 10 000 yenes? Bueno, nunca vienen mal.

En fin, la cuestión es que nos dirigimos a un restaurante para disfrutar de un bufé chino (¡cómo no!) con dos de nuestros profesores. Henos aquí, felices y dicharacheros cerveza en ristre, minutos antes del seísmo.


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Como se puede apreciar, estábamos en un cuarto individual en la zona más alejada de la entrada. Llegado un momento, sentimos esos temblores tan típicos de los terremotos que ya he experimentado bastantes ocasiones en Japón. Al igual que otras veces, esperamos a que parara, pero en vez de remitir, aumentó de intensidad. En esos momentos, la directora de la escuela (que también era nuestra profesora) nos dijo que, si aumentaba más, nos pusiésemos debajo de la mesa, pero en cuanto lo hizo, algunos comenzaron a levantarse. Lo cierto es que varios de los comensales ya se estaban dirigiendo a la salida y, contagiados por esa reacción, algunos de mis compañeros hicieron lo mismo. Yo me levanté para mirar qué hacían los japoneses del restaurante, y al ver que ellos también ponían pies en polvorosa, pues lógicamente hice lo propio. Quedarse debajo de la mesa es lo más apropiado si uno quiere salvar la vida en caso de desastre, puesto que al salir a la calle siempre te pueden caer cristales, letreros, o cualquier cosa encima. Sin embargo, una cosa es lo que uno piensa con el manual de emergencias en la mano, y otra es lo que se hace en el momento, sin reflexionar. Tuve suerte, porque el restaurante se encontraba en un bajo, pero la escena que presencia alguien que se encuentre en un piso alto es bastante angustiosa.

Mientras subíamos por las escaleras, un viejo le gritaba a un colega chino que se diese prisa. Es curioso ver cómo te conviertes en un juguetito en manos de la madre naturaleza. Puede hacer contigo lo que quiera en cualquier momento, y es algo de lo que siempre hay que ser consciente. La falta de un pánico general o gritos de desesperación me ayudó a evitar pensar en lo peor: un derrumbe y una más que probable muerte. En esos momentos no sabes lo que va a pasar, y es muy fácil hablar después a toro pasado. Decía la directora que no se olvidaba de cómo subía las escaleras Servando, pero lo cierto es que ni ella misma siguió su propio consejo y siguió al resto de la manada. Yo de lo que no me olvido es de cómo se meneaba el edificio que sale en el vídeo, como si fuera de goma, ni tampoco de la sensación de estar en la calle y que se mueva la tierra firme de esa forma. Es como si estuvieses en un barco, una sensación mareante.



La gente se empezaba a aglutinar en la calle. Si bien el primer seísmo fue potente, las posteriores réplicas no le fueron a la zaga. Los trenes se suspendieron todo el día y tuvimos que regresar andando a casa.



Durante mi camino, me parecía asombroso no ver ni un solo destrozo, ni una sola estantería en el suelo de los minisupermercados de 24 horas... Es ciertamente impresionante lo preparado que está Japón para los terremotos. Sin embargo, nada puede detener a un tsunami.



La estación de Shinjuku estaba repleta de pasajeros que habían visto frustrado su regreso a casa (o a cualquier otro lugar, en realidad). Los taxistas hicieron su agosto y algunos se refugiaron en las casas de sus amigos. En la plaza de Shinjuku perdimos de vista a Sonkeiho, el amigo de Kang en cuya casa se hospedaba hasta mañana día 13, cuando vuelve a China. Después de esperar horas, decidimos pasarle un mapa a nuestra profesora y poner rumbo a mi casa. Quería darles cobijo a los dos, pero al final solo Kang pudo venir, ya que Sonkeiho nunca apareció. Lo curioso es que esta mañana mandó un mensaje a Kang diciéndole que estaba en casa, tan ricamente. Durante nuestra espera en la plaza, vi las primeras imágenes del tsunami y de la gravedad del terremoto en la pantalla publicitaria gigante, ya que hasta entonces el teléfono solo funcionaba a cuentagotas.


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He vivido una experiencia única, la verdad, que nunca olvidaré. Mi corazón está con todas las víctimas de esta catástrofe. Pero ya ha pasado lo peor.

1 comentario:

  1. Información en primera persona, sí señor, un lujo.

    ¡Enhorabuena por la graduación! Cuídate.

    Jorge.

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