lunes, 21 de marzo de 2011

Tokio desde las alturas (2)

He aquí la segunda parte de nuestro recorrido en helicóptero, con detalles como el monte Fuji.


miércoles, 16 de marzo de 2011

La huida

Escribo estas líneas desde el aeropuerto de Singapur, esperando al avión que me llevará a Fráncfort, después de varios años.

Esta no es una huida en toda regla. Es un cambio de planes y de itinerario. Lo cierto es que yo ya no pintaba nada en Japón desde el 12 de marzo, el día en el que supuestamente iba a debutar como doblador en un corto de animación japonesa, pero ese es uno de los tantos planes que se han ido al traste con este suceso tan inesperado. Una vez graduado en la escuela, había cumplido mi objetivo aprender japonés intensamente (aunque nunca dejaré de aprender) y mi visado expiraba, así que tenía que marcharme igualmente.

Pero si inesperado es el suceso, por coincidir justo con un viaje secreto que tenía pensado realizar, el terremoto no es algo que haya pillado precisamente de sorpresa a la Agencia Meteorológica Japonesa. En un período que oscila entre los 100 y 150 años se registra siempre un gran terremoto en Japón. Se le conoce como terremoto de Tokai, ya que suele afectar a esta zona del país nipón. Ocurrió en 1498, 1605, 1707 y 1854. Estaba claro que el siguiente podría aparecer en cualquier momento, y de hecho el porcentaje de posibilidades apuntaba a un 80% en los próximos años (considerando como "próximos años" aquellos a partir de hace algunas décadas). Pero si esperado era en Tokai, las posibilidades apuntaban a un 99% en la región de Iwate, según me dijo ayer una japonesa en el hostal de Singapur. Es decir, estaba claro que tarde o temprano iba a ocurrir, y ya se sabe que un terremoto de esa magnitud con el epicentro en el mar traería consigo lo realmente destructivo: el tsunami.

Las estructuras de los edificios japoneses están realmente preparadas para terremotos de magnitud devastadora, seísmos que serían letales en prácticamente cualquier otro país. Sin embargo, lo cierto es que nada puede detener a un tsunami.

Tenía pensado realizar un viaje por Filipinas, Brunéi y Singapur (donde me encuentro ahora, pero en donde no he realizado ningún tipo de actividad turística), para acabar con un maravilloso viaje por Vietnam. Sin embargo, hay una extraña maldición que me impide ir a ese país. En 2008 el pueblo tailandés se ocupó de cortar mi vía para poder acceder a Hanoi desde Bangkok. Este año, prácticamente cuando estaba ya finiquitando las reservas, se produjo el gran terremoto de los cojones. Prácticamente coincide con el momento en que pulso el botón de "Pay", que bien podría convertirse en un "Pray". En cuanto reservo algo en Vietnam, se produce la tragedia. Mi amigo francés, que se iba a hacer cargo de mi maleta, me escribe un mensaje el lunes por la mañana:

"Servando, tomo el primer avión del lunes para París, así que no podré hacerme cargo de tu maleta. Te aconsejo que salgas lo antes posible de Japón".

Ya estaba atrapado. Qué bella forma de empezar la semana con energía y vitalidad :-)...

Los últimos días en Tokio fueron extraños. Me despedí de mis amigas Chika y Masako comiendo en la planta más alta del edificio Lumine de Shinjuku. Todo parecía normal, todos comentaban con normalidad sus impresiones del terremoto, y confiaban en que el problema se solucionaría pronto. Sin embargo, no solo es preocupante el aumento de la radiactividad. En realidad, en mis últimos días tuve que vivir con la angustia que me proporcionó un dato aterrador: había un 70% de posibilidades de que se produjese un terremoto de magnitud 7. En realidad no me quedó claro si se referían a la escala japonesa o a Richter, pero en el primer caso huelga decir que las consecuencias hubiesen sido devastadoras. El terremoto del viernes fue de 7 en esa escala nipona (el grado más alto), y si tenemos en cuenta que el epicentro se estaba desplazando hacia el sur, con fuertes réplicas en Chiba (al norte de Tokio) e incluso en Shizuoka, cerca del monte Fuji (al sur de Tokio), lo cierto es que uno no podía dormir tranquilo. Un volcán en el sur ha entrado en erupción, y yo tampoco descartaría que se produjese actividad en el monte Fuji que, por si muchos no lo saben, es un volcán activo que, simplemente, no ha registrado actividad en un período largo de tiempo. Desgraciadamente, la falta de actividad no indica que esté muerto.

Cuando escuchas ese dato, nunca estás tranquilo del todo. Duermes pensando que la siguiente vibración puede ser el terremoto anunciado, y es una angustia incesante. Yo tuve la suerte de que no ocurrió y pude salir hacia el aeropuerto. Ni que decir tiene que un terremoto tan grande habría provocado la cancelación de trenes y el acceso a los aeropuertos habría sido muy complicado. Por eso me desplacé al sur, al aeropuerto de Osaka. En realidad el tren bala ya estaba sufriendo cancelaciones parciales, por lo que una vez más tuve suerte de poder coger uno.

Mientras escribo estas líneas, leo que se ha producido un terremoto de magnitud 6 en Tokio hace unos minutos. Puede que mi cuerpo esté en Singapur, pero mi corazón sigue en Tokio. Me parece estar comiendo tranquilamente con Chika y Masako en el rascacielos, o despidiéndome de ellas en la estación para volver a casa con el regalo de Chika.

sábado, 12 de marzo de 2011

Una ceremonia de graduación «movidita»

Nada hacía presagiar que la ceremonia de graduación de la escuela acabaría entrando en los anales de la historia como el día del gran terremoto (大地震, daijishin u oojishin), ese que se esperaba en la prefectura de Kanto (donde se encuentra Tokio) desde hace muchos años. No sé si será el que tuvo lugar ayer, pero lo cierto es que el grado de intensidad registrado lo ha llevado directamente a engrosar la lista de los 10 terremotos más fuertes de la historia.

Todo había comenzado perfectamente. Acudí puntualmente a una ceremonia a la que concedía personalmente una importancia mínima. No se me dan bien las despedidas y siempre trato de mantener un perfil bajo, pero además en esta ocasión se trataba de un acto bastante intrascendente para alguien que simplemente ha estudiado en una academia un año y nueve meses. Mi participación en cualquier tipo de discurso o premio era nula, y sabía a ciencia cierta que los alumnos que me rodeaban pasarían a ser completamente intrascendentes en mi vida una vez terminado el acto, con la excepción del genial Kang. Quizás me pueda arrepentir ligeramente, pero el considerarlo un mero trámite me llevó a no tomar ninguna fotografía de la ceremonia, consistente en la entrega de certificados y premios a los estudiantes más brillantes, que rima además.

Ese título de mejores estudiantes se dividía en varios apartados. Los dos nepalíes de mi clase obtuvieron el premio a los más mataos, por no faltar ni un solo día a clase en dos años. Pero no solo eso, ni siquiera osaron retrasarse medio segundo en su impoluto registro de asistencia. Un registro del 100% en el que no había gripe A que valiese; todavía recuerdo a Menuka, la nepalí, tosiendo y poco menos escupiendo pulmón y medio sobre la mesa.

Después hubo el premio a los estudiantes con las mejores notas. Se lo llevaron dos chinas de mi clase; una de ellas había sacado un 176/180 en el examen de lengua japonesa para extranjeros N1, el más difícil (no tenía ni un solo error en dos apartados). Sin embargo, esta lumbrera no fue capaz de aprobar ningún examen de acceso a la universidad (me pregunto si esa es la razón por la que no se movió del sitio cuando sucedió el terremoto), por lo que le espera un futuro incierto.

Y después llegó el premio al mejor occidental de la escuela. La competencia era tremendamente encarnizada, pero no hubo más remedio que dármelo a mí, ya que era el único entre los graduados. Vale, en realidad me concedieron el premio al estudiante eminente (優秀学生), que no sé muy bien cómo traducir. Yushuu significa eso: excelente, brillante, sobresaliente. Vamos, adjetivos que me describen a la perfección. En realidad, me imagino que me lo darían por caer simpático y porque mi lengua nativa no tiene ni un miserable kanji. También habrá jugado en mi favor el hecho de haber aprobado el N1. El caso es que me dieron un premio y, sabiendo lo rácana que es mi escuela, pensé que me darían un par de bolígrafos. Sin embargo, lo único que podía haber dentro eran papeles. «¿Serán billetes? ¡Impresionante, adiós presupuesto!». Como eran dos, me imaginé que serían 2000 yenes (17,5 euros a día de hoy), pero... ¿cuál sería mi sorpresa al ver que el sobre contenía nada más y nada menos que 10 000 yenes? Bueno, nunca vienen mal.

En fin, la cuestión es que nos dirigimos a un restaurante para disfrutar de un bufé chino (¡cómo no!) con dos de nuestros profesores. Henos aquí, felices y dicharacheros cerveza en ristre, minutos antes del seísmo.




Como se puede apreciar, estábamos en un cuarto individual en la zona más alejada de la entrada. Llegado un momento, sentimos esos temblores tan típicos de los terremotos que ya he experimentado bastantes ocasiones en Japón. Al igual que otras veces, esperamos a que parara, pero en vez de remitir, aumentó de intensidad. En esos momentos, la directora de la escuela (que también era nuestra profesora) nos dijo que, si aumentaba más, nos pusiésemos debajo de la mesa, pero en cuanto lo hizo, algunos comenzaron a levantarse. Lo cierto es que varios de los comensales ya se estaban dirigiendo a la salida y, contagiados por esa reacción, algunos de mis compañeros hicieron lo mismo. Yo me levanté para mirar qué hacían los japoneses del restaurante, y al ver que ellos también ponían pies en polvorosa, pues lógicamente hice lo propio. Quedarse debajo de la mesa es lo más apropiado si uno quiere salvar la vida en caso de desastre, puesto que al salir a la calle siempre te pueden caer cristales, letreros, o cualquier cosa encima. Sin embargo, una cosa es lo que uno piensa con el manual de emergencias en la mano, y otra es lo que se hace en el momento, sin reflexionar. Tuve suerte, porque el restaurante se encontraba en un bajo, pero la escena que presencia alguien que se encuentre en un piso alto es bastante angustiosa.

Mientras subíamos por las escaleras, un viejo le gritaba a un colega chino que se diese prisa. Es curioso ver cómo te conviertes en un juguetito en manos de la madre naturaleza. Puede hacer contigo lo que quiera en cualquier momento, y es algo de lo que siempre hay que ser consciente. La falta de un pánico general o gritos de desesperación me ayudó a evitar pensar en lo peor: un derrumbe y una más que probable muerte. En esos momentos no sabes lo que va a pasar, y es muy fácil hablar después a toro pasado. Decía la directora que no se olvidaba de cómo subía las escaleras Servando, pero lo cierto es que ni ella misma siguió su propio consejo y siguió al resto de la manada. Yo de lo que no me olvido es de cómo se meneaba el edificio que sale en el vídeo, como si fuera de goma, ni tampoco de la sensación de estar en la calle y que se mueva la tierra firme de esa forma. Es como si estuvieses en un barco, una sensación mareante.



La gente se empezaba a aglutinar en la calle. Si bien el primer seísmo fue potente, las posteriores réplicas no le fueron a la zaga. Los trenes se suspendieron todo el día y tuvimos que regresar andando a casa.



Durante mi camino, me parecía asombroso no ver ni un solo destrozo, ni una sola estantería en el suelo de los minisupermercados de 24 horas... Es ciertamente impresionante lo preparado que está Japón para los terremotos. Sin embargo, nada puede detener a un tsunami.



La estación de Shinjuku estaba repleta de pasajeros que habían visto frustrado su regreso a casa (o a cualquier otro lugar, en realidad). Los taxistas hicieron su agosto y algunos se refugiaron en las casas de sus amigos. En la plaza de Shinjuku perdimos de vista a Sonkeiho, el amigo de Kang en cuya casa se hospedaba hasta mañana día 13, cuando vuelve a China. Después de esperar horas, decidimos pasarle un mapa a nuestra profesora y poner rumbo a mi casa. Quería darles cobijo a los dos, pero al final solo Kang pudo venir, ya que Sonkeiho nunca apareció. Lo curioso es que esta mañana mandó un mensaje a Kang diciéndole que estaba en casa, tan ricamente. Durante nuestra espera en la plaza, vi las primeras imágenes del tsunami y de la gravedad del terremoto en la pantalla publicitaria gigante, ya que hasta entonces el teléfono solo funcionaba a cuentagotas.




He vivido una experiencia única, la verdad, que nunca olvidaré. Mi corazón está con todas las víctimas de esta catástrofe. Pero ya ha pasado lo peor.

lunes, 7 de marzo de 2011

Un paseo por las nubes... tokiotas (1/3)

El pasado 1 de marzo Mika y yo cumplimos un año juntos y decidí darle una sorpresa llevándola a dar un paseo por las alturas de la gran metrópoli nipona. Lo cierto es que el tiempo dio al traste con mis planes: después de una semana con un tiempo estupendo, el día D la lluvia hizo acto de aparición y provocó la cancelación de mi sorpresa.

Decidí cambiar la reserva al día siguiente, ya que la previsión meteorológica era más benigna, pese a no poder garantizar la puesta de sol perfecta que yo deseaba, y que había presenciado desde mi habitación tan solo dos días antes. No se puede pedir todo, pero lo cierto es que al final el efímero trayecto fue muy emocionante.

Mika nunca supo de qué se trataba hasta que llegamos al helipuerto. Se daba la casualidad de que teníamos que coger un bus en la estación de Maihama, la misma en la que hay que bajarse para ir a Disneyland. Primero le dije que íbamos a una noria, después a Disneyland, y una vez que subimos al bus le dije que íbamos a unos baños termales. La dosis de confusión fue grande y dio resultado. Lo malo es que el bus que nos llevaba al helipuerto delataba mi regalo (su carrocería estaba pintada con la marca y la foto de un helicóptero surcando los cielos), por lo que me vi obligado a pedirle que cerrase los ojos antes de subir y al bajar. Todo eso contribuyó a darle un toque de emoción :-).

En este primer vídeo lo que vemos al principio es Disneyland, mientras nos acercamos paulatinamente a otras zonas conocidas de Tokio. El día también nos permitió vislumbrar el Fuji a lo lejos, irguiéndose en el horizonte. Más detalles en la segunda y tercera parte.


miércoles, 2 de marzo de 2011

Concurso de discursos en japonés


Este lunes se celebró el concurso de discursos en japonés de mi escuela. A pesar de que no estaba en muy buenas condiciones cuando decidí presentarme (en diciembre pasado), ahora ya estoy en plena forma y me alegro de haberlo hecho. La verdad es que estaba completamente convencido de poder ganar, ya que me parecía que el resto de los concursantes se pondría demasiado nervioso. Hubo algunos que leyeron demasiado, pero de los demás el que más me gustó fue el de un nepalí, sobre el significado del éxito. He aquí mi intervención.





Todo hay que decirlo. Las normas estipulaban que el discurso tenía que durar menos de cinco minutos, por lo que me vi obligado a cortar dos párrafos enteros. Me parecían más interesantes que el último, por ejemplo, pero lo importante era, al fin y al cabo, practicar la oratoria ante bastantes personas (aunque menos que en la ceremonia de graduación del año pasado).

La verdad es que, a pesar de seguir siendo un paquetón, cada vez me gusta más. Cualquiera lo diría. A ver si la próxima vez sale mejor.

Me llevé el primer premio, un diccionario electrónico Brain PW-AC10 de Sharp.


Agradezco a la profesora Tatsuzawa el haber mostrado al mundo que, en realidad, no sé siquiera cómo se mete una camisa por dentro de los pantalones.